En el mes de septiembre de 2016 la empresa
LACERA , adjudicataria de la limpieza del complejo de La Cadellada, procede al cambio del producto que se venía utilizando hasta el
momento para la desinfección y limpieza del HUCA. Es a partir de entonces, cuando dicha empresa introduce el Sprint H 100.
A mediados del mes de octubre de
2016, los trabajadores de limpieza se
dan cuenta que dicho producto les está produciendo algunas reacciones
alérgicas, y es entonces cuando nos
hacemos eco de estos primeros incidencias que padecen los trabajadores, al
menos en un principio, aquellos que entran
en contacto con dicho producto.
Aquel picor de ojos y de garganta, que en
principio nadie había asociado a su
utilización, es lo que alarma a los trabajadores. Más si cabe, cuando se
fijan en lo que indica la contraetiqueta
de las garrafas que lo contienen, donde se puede leer que su
toxicidad es alta, al tiempo que recomiendan
a las personas que lo manipulen, tomen
una serie de medidas, tales como el
uso de mascarillas, gafas, guantes y prendas de protección, que deben de ser desechadas tras aplicar el producto.
Mientras todo esto acontece, la
empresa LACERA permanecía sorda a los
comentarios de los trabajadores. Hasta que el día 22/2/2017, surge el primer
incidente grave con un paciente de por
medio. Fue en la unidad de hospitalización planta 8ª. Situación que
entonces es denunciada mediante un escrito, por
la supervisora de planta.
Hace unos días que los responsables
de GISPASA reconocían en una
comparecencia en la Junta General, que se había solicitado a la empresa LACERA
“…aclaración sobre el mismo”. El compromiso de para su retirada, espira el día
14, Viernes de Pasión. Por lo que es bueno recordar , que existe un compromiso de retirada en el plazo de un mes, según consta en algún
comunicado de fecha 14/3/2017, donde se decía…
“…se ha quedado de reducirlo paulatinamente. Creemos que puede dejar de
usarse en este mes”
Este compromiso adquirido por parte de GISPASA, y comunicado ya a la empresa LACERA, está a punto de
espirar. Ahora parece ser que de nuevo unos y otros,
LACERA y GISPASA, quieren que
todo quede en papel mojado. De no
cumplir con los compromisos ya adquiridos, no solo los trabajadores van a pasar un calvario. Ya
que estos ahora están dispuestos a someter a escarnio público a los responsables de las dos empresas.
A GISPASA por no hacer un control exhaustivo de sus contratos, y vigilar que estos se cumplan. A la empresa LACERA,
por
un reiterado incumplimiento en temas de riegos laborales, al exponer a los trabajadores a la
toxicidad ya demostrada del producto, con varios de ellos afectados en mayor o
menor medida. Pero poco se puede esperar de los responsables de una empresa que
por no respetar, no respetan ni las sentencias
judiciales.
En estos momentos los trabajadores están siendo empujados a transitar por un camino tortuoso y lleno de dificultades. Estos
a su vez, están dispuestos a empujar a la
empresa por el camino que los
conducirá de forma inmisericorde al Gólgota.
Después de poco o nada sirve pedir disculpas, mucho menos las
indemnizaciones. Ahora GISPASA y LACERA tomen buena nota del siguiente escrito.
Envenenados por su trabajo
Varios enfermeros de La Fe que sufren cáncer presentan ya
documentación ante el juez por sus años de manipulación de biopeligrosos
Se han detectado 23 procesos tumorales y entre los trabajadores
de la UCI y Reanimación hay tres fallecimientos
Jesús empezó
a sentirse mal después trabajar durante casi 15 años en el servicio de
Reanimación del Hospital La Fe. De forma
ininterrumpida había estado preparando todo tipo de fármacos considerados biopeligrosos y
cancerígenossin más protección que unos
guantes y una bata que
le facilitó la dirección del centro. Como otros muchos sanitarios de hospitales,
este enfermero ha manipulado durante más de una década medicamentos con
componentes biopeligrosos como el miccfenolato mofetillo, ganciclovir,
fenitoína, tacrolimus. De igual modo ha estado en contacto permanente con la
ciclosporina y la azatioprina, dos principios activos considerados cancerígenos
para el ser humano.
En 2010 se
dio cuenta de que siempre estaba cansado. Su agotamiento físico le impedía
practicar su pasión de caminar por la montaña. Cuando acompañaba a su mujer se
quedaba tan atrás que advirtió que su organismo había dejado de funcionar.
Varios bultos
-entre el cuello y el pecho- y el comentario de uno de sus compañeros
encendieron las alarmas. Cuando le informaron de su diagnóstico ya no pudo
dormir con normalidad y, aunque el pronóstico no era desfavorable, le marcó
psicológicamente para siempre. Jesús, una persona de poco más de 40 años y
aparentemente sana, debía enfrentarse a un linfoma de Hodgkin, un
cáncer del sistema linfático que iba consumiendo su cuerpo de forma silenciosa.
A partir de
ese momento el enfermero inició su tratamiento de quimioterapia y de
radioterapia que sobrellevó con decisión y esperanza. Pero no fue fácil. Su
delicada situación física justificó que los inspectores de la Seguridad Social
consideraran que ya no podía trabajar más y le dieron la incapacidad permanente.
Sin embargo,
Jesús no se rindió y lucho contra «la bestia» que llevaba dentro hasta que la
derrotó. El tumor que todavía anida en su pecho ha muerto y no lo ha extirpado
porque resulta más agresivo abrir su esternón y someterse a una operación
compleja que mantenerlo como una simple herida sufrida en el fragor de la lucha
y que le sirve para recordar que ha ganado una guerra.
Una vez
constató que estaba limpio del proceso oncológico, Jesús solicitó volver a trabajar en el
hospital de Malilla. Este profesional salió de Reanimación pero
aterrizó en otra de las áreas más activas del centro médico: las puertas de
Urgencias. Los problemas de los demás le devolvieron las ganas de vivir pero
allí también descubrió que algunos de sus compañeros, enfermeros que habían
compartido tareas hombro con hombro en Reanimación y en la Unidad de Cuidados
Intensivos, habían sido diagnosticados de cánceres similares. Incluso tres de
ellos habían fallecido por procesos tumorales.
Una
circunstancia que le motivó a adherirse a la demanda que se había presentado
en el Juzgado de Instrucción número 11 para que los hospitales valencianos
ofrecieran la protección necesaria para la preparación de medicamentos
cancerígenos y potencialmente dañinos para el organismo. Una protección que no
se ha tenido en cuenta hasta cuando aparecieron los primeros tumores en las
áreas hospitalarias afectadas.
«Las personas
que hemos denunciado esta situación sólo pedimos que se investigue si hay una
'causa-efecto' de los casos de cáncer en el hospital con la falta de seguridad que ha existido a la
hora de preparar los fármacos peligrosos», según Jesús, quien
recuerda que en La Fe no se le hizo un chequeo médico ante un posible riesgo de
sufrir secuelas por su trabajo hasta que se presentó la denuncia por parte de
los trabajadores afectados. En concreto, cinco años después de que el enfermero
fuera diagnosticado de cáncer.
Desde el
juzgado de instrucción se ha requerido para que Jesús, junto a otros compañeros
que se han adherido a la demanda, aporten toda la documentación sobre sus
procesos oncológicos. El principal objetivo del juez que investiga el caso es comprobar
qué relación hay entre la manipulación de los productos cancerígenos y los
tumores que se
han producido durante los últimos años entre el personal de enfermería del
servicio de Reanimación y de la UCI de La Fe. La dificultad para identificar su
causalidad se debe a que es una enfermedad lenta, silenciosa -se compara con la
que genera el amianto- y carece de muestras aparentes en el organismo pero con
el tiempo afloran patologías.
Los últimos
estudios sobre la incidencia de estos fármacos en el organismo destacan que las
personas que sufren una exposición a largo plazo a estos fármacos aumentan un 40% la probabilidad de sufrir un
tumor que el resto. De hecho, la dirección de La Fe considera
estos fármacos como cancerígenos, como prueban las circulares colgadas en la
red interna del hospital de referencia de la Comunidad Valenciana que exponen
un listado de productos que califica de «carcinógenos, teratógenos,
genotóxicos, y con toxicidad para la reproducción y para órganos a bajas
dosis».
El colectivo
de enfermeros afectados ya ha denunciado el peligro al que están expuestos ante
varias instancias, incluso ante la gerencia de La Fe y a la Conselleria de
Sanidad desde 2010, pero sus reclamaciones siempre han sido obviadas.
El Instituto
Nacional de Seguridad e Higiene en el Trabajo define citostáticos como
sustancias diseñadas y utilizadas para causar disfunción celular inhibiendo el
crecimiento de las células cancerosas mediante la alteración del metabolismo y
el bloqueo de la división y la reproducción celular.
Unos
productos que se utilizan preferentemente en el tratamiento farmacológico de los
tumores (quimioterapia) o enfermedades neoplásicas (masa anormal de tejido con
mayor crecimiento de lo normal) y que debido a su mecanismo pueden provocar
efectos mutagénicos, carcinogénicos o teratogénicos» si no se evita la
exposición directa.

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